Michel Gondry

Uno de los hábitos más despreciables que tengo es que puedo —e insisto en— ver una película una y otra vez sin que me aburra. La que más lo sufre es, porsupuesto, The Wife.
Por ejemplo, sacándo cálculos conservadores, he visto Fight Club —mi película favorita— unas treinta veces. He visto también The Rocky Horror Picture Show unas ocho veces, y lo notable aquí es que la primera de ellas fué hace escasos cuatro meses.
Soy fanático de la trivia de películas, quizá es por eso que no me aburren. Siempre hay detalles que estar observando, como la parte de Fight Club en donde el reflejo de Brad Pitt en el vidrio de un edificio es en realidad la imagen de Edward Norton.
Todo esto es para comentar que esta semana he visto La Ciencia del Sueño tres veces. Y cada vez me gusta más.
Michel Gondry es un genio. Ya había dirigido hace mucho tiempo mi video musical favorito: el de Let Forever Be, de los Chemical Brothers. Si nunca lo haz visto córrele y luego vuelves a seguir leyendo.
El tipo se caracteriza por los alucinantes efectos especiales que utiliza, pero lo más interesante —y hasta cierto punto mágico— de su trabajo es que lo hace casi solamente con técnicas de baja tecnología y mucho, mucho ingenio. Perspectivas de cámara, marionetas, tomas dobles, y stop motion. De esto último está llena La Ciencia del Sueño.
Agua de celofán, máquinas gigantes que en realidad son de tamaño normal pero están colocadas estratégicamente en la toma, proyecciones en movimiento sobre objetos inanimados, y en algunas partes una edición burda a propósito que termina logrando efectos verdaderamente alucinantes.
Ya en Ethernal Sunshine of the Spotless Mind el tipo había subido a Jim Carrey en un vocho disfrazado de cama, con volante y todo, y también a él le debemos el bullet time de Matrix.
En fin. Un genio contemporáneo con herramientas del siglo pasado y un poco —lo menos posible— de efectos digitales. De verdad que soy fan.
